Restando horas: sobre hostilidad urbana y vivir en
Suena la alarma y todavía está oscuro. Me levanto en un sólo movimiento, rápido, violento. Si pierdo tan solo dos minutos, estos se multiplican por diez. Asearse, prepararse, arreglarse, alimentarse. Pasos rutinarios e imprescindibles, hechos no por la voluntad sino por la pura inercia. Todo esto acompañado de una frenética mirada, constante y ansiosa, que se enfoca en el reloj en la pared. El reloj en el celular, el reloj en la muñeca. Pasan los minutos, los segundos, los microsegundos, los momentos incontables. Salgo corriendo. Me preparo mentalmente para caminar unos 20 minutos a la línea de llegada. En uno que otro cruce peatonal un carro acelera al verme cruzar. Maldiciones y gritos, el vehículo debe de pasar. Sobre mí y antes de mí, eso está claro. Minutos después, llego al tren ligero. Recién remodelado, es la promesa de la conectividad. Unos cinco minutos más de espera en el andén. Se posan enfrente de mí dos vagones y se abren las puertas. Mis ojos se enfocan en el relieve urbano que tengo enfrente: cuerpos apretujados, manos rozándose al sostenerse de los tubos de metal buscando su lugar en una superficie donde ya no hay más espacio, bolsas en el suelo, caras de cansancio. Son las 7 de la mañana.
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