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El duelo, el amor y los cuidados

El duelo, el amor y los cuidados

Reviso mis notas, los pendientes que dejé en pausa. Tenía que escribir un texto para hoy. No se me ocurre un buen tema, aunque están pasando muchas cosas importantes en el mundo, el mío sigue atorado en el 8 de octubre. Mi mamá murió. En esas tres palabras no cabe todo lo que significa. No cabe el peso que me aplasta por las veces que estuve enojada, sin ganas de verla. Las lágrimas que no controlo cuando veo un adorno que me la recuerda, a ella, la que transformaba su casa con la magia de cada época. El silencio en el grupo al que ya no llegan más mensajes con malas noticias. La frustración de no haberla entendido, de perder la posibilidad de hacerlo algún día.

3 de noviembre de 2026

POR Aranxa Lugo

Reviso mis notas, los pendientes que dejé en pausa. Tenía que escribir un texto para hoy. No se me ocurre un buen tema, aunque están pasando muchas cosas importantes en el mundo, el mío sigue atorado en el 8 de octubre. 

Mi mamá murió. En esas tres palabras no cabe todo lo que significa.

No cabe el peso que me aplasta por las veces que estuve enojada, sin ganas de verla. Las lágrimas que no controlo cuando veo un adorno que me la recuerda, a ella, la que transformaba su casa con la magia de cada época. El silencio en el grupo al que ya no llegan más mensajes con malas noticias. La frustración de no haberla entendido, de perder la posibilidad de hacerlo algún día. 

La tristeza porque mi cerebro no guardó, o no apreció lo suficiente, la última vez que pudo llamarme por alguno de los apodos que me había inventado, con la creatividad que tuvo por don. La culpa por desear que se fuera y por haber querido tenerla un poquito más. 

Tampoco caben las risas cuando mis hermanas y yo nos acordamos de algunas de sus ocurrencias, a las que llamamos un classic Anita, o nos contamos chistes oscuros que sabemos que le darían risa. El alivio porque ya nada le duele. El vacío de ya no tener mamá y por la mamá que nunca tuve.

En nuestra cultura, la figura de la madre ocupa un lugar casi sagrado. Bajo ese rol impuesto, una madre es quien lo da todo por su familia, quien se sacrifica, quien cuida incondicionalmente. Nos han enseñado a pensar la maternidad como una forma de amor perfecto, pero las maternidades, como todos los vínculos humanos, son mucho más complejas. 

Mi mamá fue una mujer compleja. Nuestra relación también lo fue. Su muerte no borra los desacuerdos ni lo que nos faltó. Pero tampoco el amor, no solo entre ella y yo, sino en todo lo que construimos a su alrededor. La psicóloga que me está ayudando a atravesar el duelo me recomendó leer Fruto, de Daniela Rea. Desde el inicio, aclara que no es un libro de maternidad, sino de cuidados, porque “no todas hemos sido madres, pero todas hemos cuidado y hemos sido cuidadas.”

Así como la maternidad, sobre los cuidados también pesa un deber ser. En este país, como en todas las sociedades patriarcales, los cuidados recaen en las mujeres. Mis hermanas y yo tuvimos el privilegio de contar con algunos recursos que nos permitieron aligerar esa carga. Aun así, no puedo pensar en algo más difícil que cuidar a mi mamá. No es solo la enfermedad y la lista interminable de cosas por hacer, es todo lo que se siente. El duelo anticipado por las “pequeñas” pérdidas al ver cómo la luz se va apagando mientras corres en círculos porque tú no controlas ese botón. 

El cáncer llegó a nuestra familia antes de que tuviera la capacidad de entenderlo. Mi papá me cuenta que cuando el doctor soltó, sin ningún cuidado, que ella no me vería crecer, yo estaba jugando por el consultorio, feliz en mi inconsciencia. Dice que pensó: “qué bonito ser niña”, porque yo vivía en una burbuja de la que él hubiera querido que no saliera nunca. 

Gracias a la suerte, al destino o a su fortaleza, ese doctor se equivocó. Mi mamá sí me vio crecer. Tanto que, la segunda y tercera vez que regresó el cáncer (junto con otras enfermedades), la única inconsciencia que volví a tener fue cuando, hace un par de años, azoté en el suelo junto a la cama de la sala de urgencias donde estaba intubada. Lo único que recuerdo antes de que todo se volviera negro es el frío y la debilidad que me recorrieron todo el cuerpo. No como ella, pero yo también estaba débil. 

Era diciembre. Mientras corríamos entre el hospital, nuestras casas y trabajos, mis hermanas también estaban maternando, un bebé y una niña de cinco años que las necesitaban. Varias veces recibimos comentarios y miradas acusadoras en el hospital por no estar ahí afuera las 24 horas, porque eso es lo que se espera de unas hijas. 

No vieron que, uno de esos días, mi sobrina, con la misma inconsciencia que alguna vez me protegió, me contó, feliz, sobre las travesuras que le había hecho el duende de la Navidad. Mi hermana, su mamá, a pesar del cansancio y la angustia, se había tomado el tiempo para prepararle la sorpresa. Sentí la misma necesidad con ella que mi papá conmigo. El acto de mi hermana me conmovió como pocas cosas. Pensé que era admirable, pero también que ella no sería menos admirable si hubiera elegido dormir en lugar de producir la trama del duende. 

Esa es una de las mayores contradicciones de los cuidados. Se asume que es nuestra obligación, que no importa el cansancio porque “el amor de mamá todo lo puede”. Es una exigencia injusta. Cuidar es indispensable para sostener la vida, pero no debería depender del sacrificio de las mujeres. El amor no debería medirse por cuánto estamos dispuestas a soportar.

Daniela Rea cuestiona entonces qué es el amor y qué es el trabajo cuando hablamos de cuidados, si pueden separarse o si son ambas cosas. Mi mamá nos cuidó a nosotras, mis hermanas a mí, nosotras a ella y ahora nos cuidamos entre nosotras. Mi papá, a pesar del conflictivo divorcio más de 20 años atrás, jamás dejó de cuidarla y de ser nuestro más grande apoyo. 

En medio de todas las veces que tuvimos que correr al hospital, buscar doctores, comprar medicinas, pasar horas en salas de urgencias y tomar decisiones difíciles, nos acompañamos y nos sostuvimos. No tengo la respuesta. Puedo reconocer el trabajo, pero también el amor y la ternura en todos esos momentos. Estábamos por ella, pero también por no dejar sola a la otra. 

En All about love, bell hooks dedica un capítulo a hablar del amor y la muerte. Reflexiona sobre qué es el duelo sino otra expresión del amor, y cómo no deja de existir aunque la presencia física sí. Sigue presente en los rituales y las formas de, más que recordarles, llevarles dentro de nosotros. Cada adorno que pongo en mi casa es una parte de mi mamá en mí. 

Ana María no fue solo mi mamá. Quiero recordarla completa, antes de la enfermedad e incluso antes de tener tres hijas. Con sus contradicciones, con su derecho a no ser una mamá perfecta y el mío a haber hecho lo que pude con eso. Aunque me hubiera gustado tener una última conversación, sé que se fue tranquila. No la juzgamos por haber estado cansada, la dejamos ir con agradecimiento y cariño. Sabiendo que nos tenemos, nos amamos y nos cuidamos. Nos dejó parte de su fortaleza, de su rebeldía, de su independencia y de su humor para seguirnos riendo juntas. 

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