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2 de octubre 2026, Tlatelolco de terror

2 de octubre 2026, Tlatelolco de terror

Sigo sin poder comprender y digerir todo lo que pasó ese 2 de octubre, la represión y saña con la que se agredió a estudiantes, adultos mayores y hasta infancias sin importar las consecuencias. La policía no es aliada y el 2 de octubre no se borra de la memoria de un pueblo lastimado. El color de la sangre jamás se olvida. Las manchas rojas podrán desaparecer de mis manos, mi ropa, mis tenis y mi mochila con un poco de jabón y agua, pero el rojo aún tiñe cada rincón de mis recuerdos de esa marcha. Esa mancha se arraiga y se impregna en mi alma como una marca profunda que no se irá aunque mi piel se llene de arrugas y mi cabello pierda su color.

22 de octubre de 2026

POR Paola Páez Cadena

El 2 de octubre significa una herida aún sangrante y doliente para muchos. Para mí, como estudiante, genera una sensación de rabia que jamás he podido apaciguar. He ido a varias marchas a lo largo de mi etapa universitaria, pero esta fue la primera ocasión en la que pude asistir a una marcha del 2 de octubre acompañada de varias de mis amigas y compañeras de lucha.

Todxs veníamos en el metro cuando recibimos información de que el grupo de policía antimotines estaba esperándonos a las afueras del metro Tlatelolco con intención de desarticular al bloque negro y llevarse detenidos a tantos como fuera posible. Entre todxs acordamos que no dejaríamos que eso pasara, pero no imaginamos lo que vendría después.

 

La salida del metro fue complicada porque la aglomeración de gente era demasiada. Al momento de avanzar, poco más de 200 policías armados con gas lacrimógeno y cañones encapsularon al contingente universitario. Apenas salimos, empezaron a corretearnos y acorralarnos contra las paredes, aprovechando que el espacio era reducido y solo había una salida muy pequeña. Golpearon a todos, sin importar si venían encapuchados o no. También se fueron contra infancias y adultos mayores.

 

Varios empezamos a correr y otros, entre civiles y el bloque negro, hacían una cadena humana para soportar las agresiones de la policía. Los disparos de cañones y petardos fueron demasiados y, al correr, se hizo un cuello de botella horrible en la única salida que había.

En la corretiza me separé de mis amigas y quedé aplastada contra la pared con otros compañeros mientras los policías corrían a agredirnos. Entre todos tratábamos de empujarlos, pero empezaron a golpearnos con sus macanas y escudos. Tuve que cubrirme la cara y uno de ellos me alcanzó a pegar en el brazo izquierdo. El golpe me dejó una marca pequeña y me duele el brazo entero.

Pero al compa enfrente de mí lo tumbaron y le dieron un golpe en la cabeza. Se la abrieron y empezó a brotarle muchísima sangre. Le grité al policía que lo dejara, pero solo seguía pateándolo y golpeándolo más fuerte. Un poco de su sangre salpicó en mis zapatos y mi ropa.

En ese momento entré en shock y me quedé inmóvil hasta que vi que ese mismo policía ahora venía contra mí. Por eso varios volvimos a correr a la salida y, aunque terminé aplastada y algo adolorida, logré salir y corrí con los demás a la calle de enfrente.

Quedé temblando del pánico y la impresión. Detrás de mí salieron más compañeros totalmente heridos y golpeados. Sangre, moretones y gritos por todos lados.

Afortunadamente encontré a dos amigos, quienes me ayudaron a tranquilizarme y a revisar si tenía algún otro golpe. Yo tenía un botiquín en la mochila, por lo que rápidamente empezamos a ayudar con las curaciones de emergencia.

Me tocó curar a tres personas. Uno estaba totalmente desorientado, con una herida abierta en la cabeza y en la cara; otro tenía rasguños en la cara y un moretón en el ojo; y el último tenía sangre en el brazo porque los policías lo empujaron contra una reja que le causó una herida profunda.

Además, tuve que limpiarle los ojos a un bebé que lloraba horrible porque fue gaseado. Venía acompañado de su mamá, quien estaba en un shock increíble. A ella le di a oler alcohol para tranquilizarla un poco.

Después oí cómo a una chica que corrió conmigo un policía la jaló del cabello y la tumbó al piso, le arrancó un mechón de cabello, a otro le robaron su mochila y lo patearon. Jamás dejaron de disparar los cañones, gas lacrimógeno y petardos. 

Sigo sin poder comprender y digerir todo lo que pasó ese 2 de octubre, la represión y saña con la que se agredió a estudiantes, adultos mayores y hasta infancias sin importar las consecuencias. La policía no es aliada y el 2 de octubre no se borra de la memoria de un pueblo lastimado.

El color de la sangre jamás se olvida. Las manchas rojas podrán desaparecer de mis manos, mi ropa, mis tenis y mi mochila con un poco de jabón y agua, pero el rojo aún tiñe cada rincón de mis recuerdos de esa marcha. Esa mancha se arraiga y se impregna en mi alma como una marca profunda que no se irá aunque mi piel se llene de arrugas y mi cabello pierda su color.

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