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 La diversidad también echa raíces

La diversidad también echa raíces

Hablar y nombrar las disidencias sexuales y de género es también hablar de nuestra propia existencia, una existencia situada en un territorio donde nos atraviesan distintos procesos. Tal vez en algunas ocasiones intentamos apartar una cosa de la otra, pero hoy está claro que no podemos (y ya no queremos) separar nuestros cuerpos de la tierra que habitamos, de los caminos y los árboles que no han visto crecer, de los manantiales y ojos de agua que sostienen a nuestras comunidades ni de las memorias que sostienen los cerros que nos rodean. A mis hermanes, hermanas y todes quienes vivimos y resistimos desde cuerpos que nos siempre (nunca) caben en las normas impuestas sobre el habitar y pertenecer a un pueblo: ser como somos es defender nuestro derecho a existir aquí con dignidad, a disfrutar la vida  desde la alegría y la libertad.

27 de agosto de 2026

POR Ana Deys

Hablar y nombrar las disidencias sexuales y de género es también hablar de nuestra propia existencia, una existencia situada en un territorio donde nos atraviesan distintos procesos. Tal vez en algunas ocasiones intentamos apartar una cosa de la otra, pero hoy está claro que no podemos (y ya no queremos) separar nuestros cuerpos de la tierra que habitamos, de los caminos y los árboles que no han visto crecer, de los manantiales y ojos de agua que sostienen a nuestras comunidades ni de las memorias que sostienen los cerros que nos rodean. A mis hermanes, hermanas y todes quienes vivimos y resistimos desde cuerpos que nos siempre (nunca) caben en las normas impuestas sobre el habitar y pertenecer a un pueblo: ser como somos es defender nuestro derecho a existir aquí con dignidad, a disfrutar la vida  desde la alegría y la libertad. 

Nuestra relación con el territorio no comenzó con nuestras luchas actuales, viene de mucho antes. Está en nuestras familias, en nuestras abuelas y abuelos, en quienes sembraron maíz, caminaron los cerros, cuidaron los manantiales, trabajaron la tierra, bordaron, tejieron, cocinaron, hablaron nuestra lengua y transmitieron conocimientos que todavía permanecen en nuestras manos. También está en las historias que no siempre fueron contadas, en aquellas personas que quizá nunca pudieron nombrarse como hoy nosotras y nosotres podemos hacerlo, pero de quienes queremos creer que seguramente si encontraron maneras propias de vivir su sensibilidad, sus afectos y sus vínculos, eso es lo que sigue alimentando el fueguito de las rebeldías que habitamos, y nos recuerda que otros mundos son posibles; para quienes vienen y para nosotres que sobre todo en espacios colectivos también hemos podido vivirlos. 

Cuando hablamos de disidencias sexuales purhépecha, esta expresión nos ayuda a nombrarnos porque somos tan distantes a las normas heterosexuales y de género que todavía se ven muy marcadas y que históricamente han sido impuestas como las únicas formas “válidas” de presencia y vida comunal, o por lo menos es así en nuestro contexto.  Pero esto no significa que antes del movimiento y la lucha LGBTQ+ no existieran personas diversas, quizá si fueron conceptos lejanos, todavía incomprendidos o incluso rechazados por la mayoría, sin embargo, nuestra historia y la cultura misma nos muestran entre tradiciones los espacios que se permitieron a una minoría a representar esta disidencia; por ejemplo las Maringuillas y Kutsïs son personajes presentes en danzas en las que se encargan de representar la feminidad de las mujeres purhépechas e históricamente como se le negaba y limitó la participación a las mujeres en estas prácticas culturales porque era considerado “mal visto”, por lo que estos papeles fueron asignados a los “hombres”, y es ahí donde muchas disidencias encontraron y encuentran un primer acercamiento y un espacio en el que pueden ser, expresarse y habitar otras formas de identidad. Esto no significa generalizar sus experiencias ni reducirlas únicamente a la disidencia, pero si reconocer que, para algunas personas han funcionado y siguen funcionando como un refugio. 

Hablamos entonces de una presencia que no es nueva, y aunque las palabras con las que hoy nombramos estas experiencias en el territorio como LGBTQ+ puedan ser recientes o venir de otros contextos, las personas diversas somos parte de la historia de nuestros pueblos y también somos parte de su presente. Hay algo profundamente político en poder caminar por nuestros pueblos sin sentir que tenemos que escondernos. En poder nombrarnos, en poder amar, en poder participar en una asamblea, en sembrar, cuidar un bosque, un árbol, acompañar una ceremonia, hablar nuestra lengua, escribirla, compartir conocimientos o simplemente estar en el territorio sin que nuestra identidad sea utilizada como argumento para cuestionar nuestra pertenencia, son momentos que hemos construido y cuidado, todos los días, todo el tiempo. Las personas LGBTQ+ purhépecha no llegamos desde afuera a defender una tierra que no nos pertenece, somos parte de ella. Nuestras historias familiares, nuestras memorias, nuestras pérdidas y nuestras esperanzas están también construidas en estos territorios. Compartir sobre esta forma distinta de habitar(nos) en la comunalidad, y al hablarlo con otres compañeres; no significa traer una palabra de fuera para decirnos quiénes somos. Queremos y miramos con un poco más de ternura nuestras propias historias, mucho antes de que existiera la palabra LGBTQ+ en la región purhepecha, ya había cuerpos, deseos, afectos y personas que no cabían en lo que la comunidad esperaba de ellas/elles/ellos. A veces la palabra LGBTQ+ se ha sentido lejana con otras historias y otras formas de entender la identidad, pero nunca menos importante, es una palabra con la que, de alguna manera, nos hemos encontrado, a través de alguna pantalla, en muchas conversaciones, en las redes sociales, de amigues y hermanes que han migrado o de una historia que llega a nuestra red. Y aunque ha venido de lejos, ha tocado algo profundamente cercano: eso que quizá llevábamos mucho tiempo sintiendo y que no sabíamos cómo nombrar. Ser disidente o ser parte de la comunidad lgbtq+, desafortunadamente nunca ha sido sencillo. La violencia hacia las personas LGBTQ+ puede aparecer de muchas maneras, eso hemos visto en las noticias y eso vivimos en el territorio, algunas veces es muy directa y evidente; se torna muy personal, casi siempre se esconde en comentarios, silencios, burlas, rechazo o en la negación de nuestra participación. Nos han tocado momentos en las que consideran que una persona diversa no tenemos las capacidades para representar a la comunidad y se nos cuestiona por la manera de vestir, hablar, expresarnos o relacionarnos. También cuando se intenta imponer una única forma legítima de ser familia, de vivir la espiritualidad o de participar en la vida comunitaria, invalidando así otras formas de vivir y estar. 

Ahora, en la región, como en todo el estado, en los últimos años enfrentamos violencias que no podemos ignorar, sobre todo cuando hablamos de territorio: la presencia del narcotráfico, la precariedad económica, la migración, el despojo y el avance de proyectos extractivos que están acabando con los bosques, el agua y el suelo. Creemos que estas violencias no existen separadas, se entrelazan y terminan afectando nuestros cuerpos y nuestras comunidades, así que nuestra resistencia tampoco es una sola, no puede serlo. Sabemos y sentimos que hay heridas muy profundas, pero quisiera quedarme con la fortaleza que se siente mientras les pienso a mis hermanas y hermanes que cuidan la tierra, germinan semillas y también alegría. Nosotras/nosotres resistimos aferrándonos a no perder una parcela, por pequeña que sea, ahí hay vida y resguardo, somos nosotres mismas defendiéndonos, asi que aquí esta nuestra resistencia y nuestro orgullo: en las plantas de nuriten, las semillas de cempasúchil, los surcos chuequitos que marcamos, o cuando nos compartimos aprendizajes y experiencias, cuando nos acompañamos, ahí también somos y recuperamos muchas posibilidades. Hemos aprendido que cuidar(nos) también es una manera de luchar y por supuesto está nuestra espiritualidad que nos enraíza como micelios con la madre tierra. La diversidad que carga nuestro cuerpo, nuestra identidad, nuestra forma de amar no debería ser vista como amenaza. Seguiremos haciendo que nuestros cuerpos disidentes florezcan aquí. 

 

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