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El sesgo de género también mata

El sesgo de género también mata

En enero de 2023, Lindsay Clancy mató a sus tres hijos, luego se cortó las muñecas y trató de suicidarse saltando por una ventana. Como resultado de esto, quedó paralítica. Esto parece una película de terror, pero es un caso que hoy está en juicio en Estados Unidos, y lo quiero aprovechar para reflexionar sobre la invisibilización de las mujeres en el sector salud. El problema empieza desde el paso número uno: la mayoría de las medicinas para tratar temas de salud mental que existen en el mercado nunca fueron probadas en mujeres porque no fueron incluidas al tener un ciclo menstrual que podría afectar los resultados de las pruebas clínicas.Es decir, nos venden medicinas cuyos supuestos efectos en mujeres pueden o no ser los mismos, o pueden funcionar en algunas etapas de nuestro ciclo menstrual y en otras no.

17 de agosto de 2026

POR Maria Muriel Valencia

En enero de 2023, Lindsay Clancy mató a sus tres hijos, luego se cortó las muñecas y trató de suicidarse saltando por una ventana. Como resultado de esto, quedó paralítica.

Esto parece una película de terror, pero es un caso que hoy está en juicio en Estados Unidos, y lo quiero aprovechar para reflexionar sobre la invisibilización de las mujeres en el sector salud.

El problema empieza desde el paso número uno: la mayoría de las medicinas para tratar temas de salud mental que existen en el mercado nunca fueron probadas en mujeres porque no fueron incluidas al tener un ciclo menstrual que podría afectar los resultados de las pruebas clínicas.Es decir, nos venden medicinas cuyos supuestos efectos en mujeres pueden o no ser los mismos, o pueden funcionar en algunas etapas de nuestro ciclo menstrual y en otras no.

En segundo lugar, el sector médico y de salud en general está socializado bajo la premisa de que las mujeres que hablan de sus problemas son unas exageradas. A las mujeres, en general, se les cree menos cuando hablan de dolor y es más probable que se les diagnostique incorrectamente, porque el personal del sector salud no les cree a las mujeres. No por nada las mujeres tienen mayor probabilidad de morir de un ataque al corazón que los hombres: esto es, en parte, porque a los hombres se les cree y valida, y a las mujeres no.

Y ahora, en el tercer nivel, la sociedad no les permite a las mujeres mostrar emociones que no van de la mano con los estereotipos y sesgos de género. Si una mujer se comporta de manera diferente a lo esperado, si rompe con los roles que les asignamos, las castigamos e invisibilizamos su experiencia, porque es incómodo ver algo que no estamos acostumbradas a ver.

Entonces entra la censura social a la diferencia y la autocensura. Las mujeres que viven temas de salud mental o incluso neurodivergencias están en todo momento compensando para aparentar que están bien, porque esa es la expectativa. Y esta sociedad patriarcal no permite que las mujeres estemos enojadas, tristes, deprimidas o ansiosas. Nos quiere felices, sumisas y siempre listas para atender a los hombres de nuestra vida.

Y entonces, el asesinato que cometió Lindsay empieza a sonar como algo más que el hecho de que ella sea una psicópata. Tal vez tenemos que ir más allá y entender que ella es víctima del sistema: un sistema que no estaba hecho para ella, que cuando pidió auxilio, lo único que hizo fue fallarle.

Y esto no significa justificar lo que hizo. Nada puede justificar el asesinato de sus hijos. Pero sí creo que tenemos que ser capaces de sostener dos cosas al mismo tiempo: responsabilizar a Lindsay por lo que hizo y, al mismo tiempo, preguntarnos qué pasó antes. ¿Cuántas veces pidió ayuda? ¿Cuántas veces alguien le dijo que estaba exagerando? ¿Cuántas veces se esperaba de ella que simplemente pudiera con todo? ¿Cuántas señales tuvimos que ignorar para que una mujer llegara a este punto?

Porque el problema no empieza cuando una mujer mata a sus hijos. Empieza mucho antes. Empieza cuando no creemos en su dolor, cuando asumimos que sus cambios de humor son parte de ser mujer, cuando esperamos que pueda con todo después de convertirse en madre, cuando la salud mental sigue siendo un tema que se atiende cuando ya estamos en crisis y cuando la medicina sigue construyéndose desde un cuerpo que no necesariamente es el nuestro.

Y si queremos hablar realmente de salud, también tenemos que hablar de género. Porque un sistema de salud que no escucha a las mujeres, que no estudia nuestros cuerpos y que no toma en serio nuestra salud mental, también es un sistema que puede terminar haciéndonos daño.

Tal vez necesitamos dejar de preguntarnos solamente “¿qué le pasó a Lindsay?” y empezar a preguntarnos “¿qué hicimos como sociedad para que nadie pudiera escucharla antes?”.

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