Te invitan a un retiro “ancestral” de fin de semana con la promesa de que sanarás tu trauma, pero cuesta quince mil pesos. Un negocio que no asegura que la persona que lo imparte tenga formación profesional, no hay devoluciones por si el método falla o por si alguien no sanó y salió peor de como entró. Y es un negocio de moda, que sigue creciendo.
La queja no está en que cobren, acompañar es un trabajo que debería de ser remunerado. La queja está en que se cobre sin que exista a quien reclamar, las personas pagan esos retiros con la promesa de que su dolor se sana en dos días y termina el domingo por la tarde. Ninguna profesional lo ofrece, porque no existe, pero es justo lo que la gente busca cuando paga.

La gente busca sanarse porque el dolor vuelve a la gente dispuesta y le urge remediarlo. Cuando algo hace que la cotidianidad se vuelva dolorosa se paga lo que sea por que alguien más asegure que hay salida y, sobre todo, que hay fecha de término.
Esa urgencia fue producida, en parte, por un Estado que decidió no atenderla. México destinó a salud mental el 1.5% de su presupuesto de salud en 2026, cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda mínimo un 5%. En este año hubo un recorte de 90.9 millones de pesos, 13.8% menos que lo ejercido en 2024. Esa reducción fue anunciada semanas después de que el gobierno prometiera fortalecer la atención psicológica de las juventudes. Cada retiro de quince mil pesos ocupa una parte del hueco que dejó ese recorte.

Y ese hueco no se llena igual para todas, una terapia cuesta entre 350 y 2,500 pesos la sesión cuando el salario promedio ronda los 600 pesos diarios, pero el precio es solo el primer filtro. Un retiro de fin de semana supone que todas las personas disponen, primero del dinero y después del tiempo en fin de semana, como si todas las jornadas laborales fueran de lunes a viernes. Hay gente que trabaja sábados y domingos, quien cuida, quien sostiene dos empleos, esas personas quedan fuera de esta invitación. Y para que el dolor califique hay que saber nombrarlo. Quien dice "ando de malas" recibe una respuesta distinta a quien dice "estoy en duelo", y ese vocabulario se aprende en lugares a los que no todas pueden entrar.
¿Qué pasa con las personas que sí asistieron al retiro y no obtuvieron lo que esperaban? El domingo termina el retiro y el lunes no hay a quien llamar. No hay ni expediente, ni seguimiento. Lo más cínico es que las experiencias que ofrecen salen de espacios históricamente invisibilizados. Temazcal, limpias, copal, ceremonia de cacao, círculos ancestrales de mujeres, son prácticas que ya existían, sostenidas a través de miles de generaciones de mujeres sin certificado, ni marca, la mayoría eran conocidas como curanderas. El mercado las tomó, les puso marca y las devolvió como experiencia premium. Lo peor es que son experiencias que han cruzado fronteras y llegado a lugares como Estados Unidos, donde el precio es cinco veces más elevado. Regresa la misma lógica de el saber sale de espacios oprimidos y las ganancias se realizan en espacios opresores.

Mientras tanto, no olvidemos que los duelos en muchos lugares se siguen sosteniendo tradicionalmente, por ejemplo, el novenario, la vecina que llega con comida, las visitas inesperadas pero necesarias. No hay precio, no hay promesa, no hay certificado ni fecha de término. es lo que ha funcionado en lugares donde nunca le interesó llegar ni al Estado ni al mercado.
Y en los lugares donde sí llegó el Estado y el mercado, llegaron a administrar y a cobrar. Como la empresa que se convence que con un taller de mindfulness está cuidando a sus empleadas y empleados, pero en realidad no está cuidando a nadie. Es la misma empresa que da tres días por defunción y al cuarto pregunta por el entregable. Ni hablar de las personas que trabajan por honorarios o por aplicación, que no tienen ni esos tres días.
Todo eso deja instalada la idea de que hay una meta final, y que si no se llega, alguien no fue lo suficientemente comprometida para lograrlo. Basta que algo mínimo devuelva a una persona al principio para que lo primero que sienta no sea tristeza, sino frustración.
El Estado dejó el hueco, el mercado lo llenó con prácticas que no inventó, y las empresas administran el duelo con calendario. Sanar nunca ha tenido fecha de término, y no la tendrá. Eso, tristemente, es exactamente lo que se está vendiendo, y lo que el Estado dejó de garantizar para que hubiera algo que vender. No dejemos que moneticen con nuestro dolor…

[a]justo quiero que se vea de como gente blanca es la que se apropia de esas prácticas
