En El Cuento de la Criada hay una prenda que casi nadie menciona, más allá de la capa roja que ya es símbolo de protesta en marchas de medio mundo. Son las alas blancas que enmarcan el rostro de las Criadas y les impiden ver hacia los costados, hacia atrás, hacia cualquier cosa que no sea el tramo de calle que tienen justo enfrente. Ese diseño resume el mecanismo de Gilead en una sola pieza de tela, porque ningún régimen necesita que sus ciudadanas dejen de ver del todo, basta con que dejen de ver el conjunto.
Así opera también fuera de la ficción. La pérdida de un derecho casi nunca llega completa ni de golpe, llega en fragmentos, cada uno lo bastante pequeño para parecer manejable, disfrazado de sentido común, de seguridad, de tradición, hasta que el campo de visión que hubiera permitido reconocer el patrón completo ya desapareció.
Esa reducción ocurre en lugares muy distintos del mundo, casi al mismo tiempo.
Mientras algunas personas siguen viendo El cuento de la criada como una obra de ficción, en Afganistán millones de niñas han dejado de entrar a un salón de clases. En Irán, mostrar un mechón de cabello puede convertirse en un acto de resistencia. En distintos estados de Estados Unidos, mujeres esperan al borde de una emergencia médica porque los hospitales temen que un procedimiento se interprete como aborto. En varios países europeos crecen partidos que prometen devolver a las mujeres "su verdadero papel", y en América Latina se multiplican campañas que presentan la educación sexual y los derechos LGBTIQ+ como una conspiración contra la infancia.
Ninguna de estas historias es idéntica y todas comparten la misma pregunta de fondo. ¿Quién tiene derecho a decidir sobre la vida de los demás?
Sé que esto ya se ha dicho. En las últimas semanas, activistas y organizaciones han vuelto a citar El cuento de la criada, y no es casualidad. En Estados Unidos, un sector de la ultraderecha revivió la etiqueta #RepealThe19th, el llamado a derogar la enmienda que le dio el voto a las mujeres en 1920, y en una cumbre reciente del movimiento MAGA hubo mujeres pidiendo que sea el esposo quien vote por la familia. Ese tipo de ideas no necesita aprobarse en el Congreso, con volverse pensables ya alcanza. Por eso vuelvo sobre este tema, aunque otras voces ya lo hayan nombrado antes que la mía, como si la memoria colectiva tuviera fugas y cada vez que dejamos de repetirlo algo se nos olvida.
Yo llevo semanas cargando esa pregunta como quien carga una piedra en el bolsillo. Se siente en el pecho antes que en la cabeza.
Cuando El cuento de la criada se publicó en 1985, muchas lectoras la recibieron como advertencia, y cuando se convirtió en serie, treinta años después, una parte del público la vio como espectáculo. Pero Margaret Atwood ha insistido en una idea que rara vez se toma con la seriedad que merece, la de que no inventó nada. Cada mecanismo de control que aparece en la novela, la separación forzada de los hijos de sus madres, la apropiación de la capacidad reproductiva de las mujeres, la prohibición de leer, los tribunales religiosos, ya había ocurrido en algún lugar del mundo antes de que ella escribiera una sola línea. Mientras redactaba el libro guardaba un álbum de recortes de periódico con las políticas natalistas de la Rumania de Nicolae Ceaușescu y con la reorganización jurídica de las mujeres tras la Revolución Islámica de Irán en 1979. Gilead es, ante todo, un collage de hechos documentados.
Años después, en su libro de ensayos Burning Questions, Atwood resumió la idea que sostiene toda su obra con una frase que no necesita adornos. Las mujeres que no pueden decidir si tener hijos o no están, en los hechos, esclavizadas, porque el Estado reclama la propiedad de su cuerpo y el derecho a decidir el uso que se le da. La escribió como diagnóstico.
A mí me cuesta leer esa lista sin que se me encoja el estómago, porque no describe un pasado lejano. Describe nombres que reconozco de las noticias de esta semana, la prueba incómoda de que Atwood tenía razón en algo que hubiera preferido no tener.
Empiezo por Afganistán, donde pienso en una niña de catorce años en Kabul que guardaba sus cuadernos debajo del colchón, por si volvían a abrir las escuelas. No sé su nombre. Hay miles como ella. Desde 2021 la prohibición avanzó por grados, de la educación secundaria a la universidad, hasta una ley que prohíbe que la voz de una mujer se escuche fuera de su casa. Naciones Unidas ya usa la palabra apartheid para describir lo que viven las afganas. Pienso en esa niña guardando sus cuadernos y me pregunto cuánto tiempo puede sostenerse la esperanza debajo de un colchón.
A miles de kilómetros de Kabul, en Irán, conozco otro nombre. Mahsa Jina Amini tenía veintidós años, era kurda, viajaba a Teherán cuando la policía de la moral la detuvo porque unos mechones de cabello se asomaban por su hiyab. Murió bajo custodia el 16 de septiembre de 2022. Después, mujeres de todo el país empezaron a cortarse el cabello frente a las cámaras, sabiendo el precio que podían pagar por un gesto tan pequeño y tan enorme. El movimiento se llamó Mujer, Vida, Libertad. La represión fue feroz, y solo en 2025 el Estado ejecutó a más de 1.700 personas, muchas vinculadas a esa disidencia. Cuando veo esos videos no puedo evitar preguntarme qué haría yo con ese miedo en el cuerpo. Sospecho que no lo sé, y esa duda me avergüenza un poco.
La misma pregunta me persigue en Estados Unidos, donde hay otro nombre, Amber Thurman, veintiocho años, madre, embarazada de gemelos, preocupada por cómo iba a mantenerlos. En agosto de 2022 tomó pastillas abortivas legales y sufrió una complicación rara. Llegó a un hospital de Georgia necesitando un procedimiento de rutina, pero los médicos, atados por el miedo legal que impuso la revocación de Roe v. Wade, esperaron diecinueve horas antes de operar. Amber murió el 19 de agosto de 2022. Un comité estatal de mortalidad materna calificó su muerte como prevenible, alguien pudo actuar a tiempo y el miedo a una ley se lo impidió.
Mientras en Estados Unidos el retroceso ocupaba portadas, en Europa avanzaba con menos ruido, disfrazado de urnas y discursos de orden, con nuevas barreras al aborto en Hungría y Eslovaquia. En El Salvador hay un nombre que la justicia tardó once años en pronunciar bien, Manuela, condenada a treinta años de prisión por una emergencia obstétrica en 2008, muerta en la cárcel en 2010 sin haber cometido ningún delito, mientras un cáncer sin tratar avanzaba. En 2021 la Corte Interamericana condenó al Estado salvadoreño. La justicia llegó, pero demasiado tarde para ella, como llega casi siempre.
El mismo patrón se repite en capas menos visibles. Siete de cada diez defensoras y periodistas de América Latina han sufrido violencia en línea, ahora también con imágenes falsas generadas por inteligencia artificial. Y en las guerras, donde en 2025 se documentaron casi diez mil casos de violencia sexual usada como arma de conflicto, de Gaza a Ucrania a Sudán, casi nueve de cada diez procesos de paz no incluyen a una sola negociadora. Quienes deciden ir a la guerra y quienes deciden cómo termina siguen siendo los mismos hombres.
Ninguno de estos episodios ocurre por accidente. Es el mismo collage que Atwood identificó hace cuarenta años, una estructura que necesita controlar el cuerpo de las mujeres y las identidades disidentes para sostener proyectos de poder mucho más amplios, el fundamentalismo religioso convertido en política de Estado, la desinformación que convierte el género en enemigo abstracto. Los autoritarismos rara vez comienzan cerrando un parlamento, empiezan decidiendo quién puede hablar, quién puede decidir sobre su propio útero, quién puede amar sin pedir permiso.
Lo confieso aquí, aunque me cueste un poco. Llegué a esta serie tarde, empujada por la curiosidad y por una necesidad casi obligatoria de entender mejor el momento que estamos viviendo. No esperaba que me removiera tanto. Vi episodios enteros con el estómago apretado, haciendo pausas para respirar, tomando notas como si estuviera armando un expediente.
Pero lo que de verdad se me quedó grabado fue el cansancio de sentir que ya habíamos caminado este tramo antes, más que el miedo a Gilead como destino.
Me duele el mundo. Lo digo así, sin adornos. Me duele leer sobre Amber, sobre Manuela, sobre Mahsa, y sentir que sus nombres podrían ser el mío en otra vida, en otra ciudad, bajo otra ley que todavía no se ha escrito. Me cansa despertar y encontrar una noticia nueva sobre un derecho que creíamos ganado hace años, y tener que volver a explicar por qué importa, otra vez, como si no lo hubiéramos explicado ya suficientes veces. Hay días en que siento que llegamos hasta aquí arrastrándonos, generación tras generación, marcha tras marcha, sentencia tras sentencia, y que justo cuando empezábamos a enderezar la espalda, alguien nos toma del tobillo y tira hacia atrás, hacia el punto exacto de donde salimos.
Esa sensación se vuelve literal en Afganistán, donde una generación entera de mujeres que estudió, trabajó y decidió sobre su vida fue devuelta, casi de la noche a la mañana, al lugar del que sus madres habían escapado. Es literal en Estados Unidos, donde la protección constitucional al aborto que llevaba casi cincuenta años vigente desapareció en una sola mañana de junio de 2022, dejando el derecho real sujeto al estado donde a cada mujer le toque vivir. Es literal cada vez que un gobierno cierra un ministerio de género, o cada vez que una mujer muere en un hospital porque alguien tuvo miedo de actuar a tiempo.
Y aun así, escribo esto porque en cada uno de estos episodios también hubo alguien que resistió y no soltó el tobillo. La familia de Amber Thurman, que habló públicamente. Las mujeres iraníes que se cortaron el cabello sabiendo el precio. La Corte que finalmente le dio la razón a Manuela. Las madres afganas que siguen enseñando a leer a sus hijas en cocinas, a escondidas. Ninguna ganó sola ni rápido, y ninguna se quedó quieta esperando que alguien más lo resolviera por ella.
Yo también me canso, y sé que no soy la única. Conozco a demasiadas mujeres que cargan ese mismo cansancio, el de repetir un argumento que ya debería estar saldado. Ese cansancio compartido, he aprendido, es apenas la señal de que llevamos mucho tiempo dentro de la lucha.
Por eso voto, aunque me dé pereza algunos domingos. Por eso escribo esto, aunque me cueste. Por eso pienso en Amber, en Manuela, en Mahsa, en esa niña de Kabul que guarda sus cuadernos debajo del colchón, cada vez que dudo si vale la pena seguir insistiendo.
Tener un derecho hoy no significa que vaya a seguir aquí mañana, y esa certeza me quita el sueño más de lo que admito casi nunca. Pienso en mi sobrina, que tiene siete años, y no puedo prometerle nada, porque lo que hoy tengo alguien lo peleó con el cuerpo, alguien murió por ello, y aun así puede esfumarse en una sola tarde de votos, de firmas, de silencio. No es que ella me haya hecho entender esto, ya lo sabía desde antes. Pero pensar en ella le da otro peso, más concreto, porque lo que más miedo me da es que herede, junto con la falta de derechos, mi propio cansancio, el mismo que cargamos tantas, y que le toque pelear otra vez por lo que ya debería estar resuelto, por sus derechos y los de otras niñas que todavía no conoce. No quiero heredarle este miedo. No quiero que aprenda, como yo, a cargar una piedra en el bolsillo solo por existir en un cuerpo que otros insisten en regular.
Sus historias ya no me son ajenas. Y sospecho que, si llegaste hasta esta última línea, tampoco lo son para ti.
Gilead no gana en ningún lugar donde alguien decide plantar los pies y negarse a dejarse arrastrar hacia atrás.
