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El nuevo empaque de los viejos roles de género

El nuevo empaque de los viejos roles de género

Generalmente, la energía masculina se asocia con la acción, la lógica, la disciplina, el liderazgo, la protección y la productividad; es decir, con el “hacer”. Mientras tanto, la energía femenina suele relacionarse con la intuición, la sensibilidad, el cuidado, la creatividad, la receptividad y el “ser”.

8 de mayo de 2026

POR Hiromi Amador

Hemos estado atravesando un momento donde las ideologías conservadoras y de derecha han ido ganando espacio en medios de comunicación, discursos políticos y conversaciones digitales. En redes sociales, especialmente en plataformas como TikTok, Instagram y podcasts, se han popularizado conceptos como “energía femenina” y “energía masculina”, replicándose constantemente como una cámara de eco entre influencers, coaches y creadores de contenido.

¿Pero de qué hablan realmente estos discursos?

Generalmente, la energía masculina se asocia con la acción, la lógica, la disciplina, el liderazgo, la protección y la productividad; es decir, con el “hacer”. Mientras tanto, la energía femenina suele relacionarse con la intuición, la sensibilidad, el cuidado, la creatividad, la receptividad y el “ser”.

El problema no está en que las personas quieran explorar distintas formas de relacionarse consigo mismas o con otras personas. No tiene nada de malo conectar con la sensibilidad, el descanso, la disciplina o el liderazgo. El conflicto aparece cuando estas características se presentan como naturales o exclusivas de un género, reforzando estereotipos que durante años se han intentado cuestionar desde los movimientos feministas y los estudios de género.

Aunque estos discursos parecen nuevos, en realidad recuperan ideas bastante antiguas: mujeres cuidadoras y emocionalmente disponibles, hombres proveedores, racionales y dominantes. La diferencia es que ahora estos roles vienen envueltos en un lenguaje de bienestar, espiritualidad, autoestima o desarrollo personal, lo que puede hacer que parezcan modernos, inofensivos o incluso empoderadores.

Desde los estudios de género y las ciencias sociales, distintas investigadoras e investigadores han señalado que estas ideas no son neutras ni naturales, sino construcciones culturales que cambian dependiendo del contexto histórico y social. Autoras como Judith Butler han explicado que muchas de las conductas que asociamos con lo femenino o lo masculino son aprendidas socialmente y reforzadas constantemente a través de instituciones, medios de comunicación y dinámicas sociales.

También se ha hablado de cómo este tipo de contenidos surge en momentos donde existe una reacción frente a los avances en igualdad de género. La periodista y autora Susan Faludi llamó a este fenómeno backlash: un intento de reinstalar roles tradicionales cuando los cambios sociales empiezan a cuestionar estructuras de poder muy arraigadas.

Quienes impulsan estas narrativas suelen ser influencers de bienestar, coaches de relaciones, figuras de masculinidades tradicionales, creadores de contenido conservador e incluso algunos sectores religiosos. También han crecido figuras que promueven ideas de hipermasculinidad o feminidad tradicional bajo discursos de éxito, seducción o “orden natural”.

Las plataformas digitales ayudan a que este contenido se replique constantemente. Los algoritmos premian mensajes simples, emocionales y fáciles de consumir, por lo que muchas veces estas ideas terminan apareciendo una y otra vez, reforzando los mismos estereotipos con diferentes formatos y tendencias.

Por eso es importante mirar estos discursos de manera crítica. Frases como “la mujer debe descansar en su energía femenina” o “los hombres ya no son masculinos” pueden parecer superficiales o inofensivas, pero muchas veces vienen acompañadas de ideas que limitan la autonomía, justifican relaciones desiguales o invalidan otras formas de vivir la identidad, las emociones y los vínculos.

También vale la pena preguntarnos por qué estos discursos resultan tan atractivos en este momento. En contextos de incertidumbre económica, agotamiento emocional y cambios sociales acelerados, las ideas simples y tradicionales pueden dar una sensación de orden, pertenencia o estabilidad. Sin embargo, regresar a modelos rígidos de género no resuelve los problemas estructurales que enfrentamos; únicamente vuelve a colocar expectativas distintas sobre hombres y mujeres.

Ser críticos con estos mensajes no significa rechazar cualquier práctica de bienestar o desarrollo personal. Significa preguntarnos qué ideas hay detrás de ciertos discursos, quién se beneficia de ellos y qué consecuencias pueden tener en la forma en que entendemos las relaciones, el trabajo, el cuidado y nuestra propia identidad.

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