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Complejo virgen–prostituta: de Los Bridgerton

Complejo virgen–prostituta: de Los Bridgerton

Querida y gentil lectora; querido y gentil lector; Mientras esperamos la segunda parte de la cuarta temporada de Los Bridgerton, no puedo dejar de pensar en algo que atraviesa toda la serie desde el primer capítulo: la forma en que la sexualidad de las mujeres es vigilada, jerarquizada y castigada según su clase social. Los hombres —siempre— salen ganando en este terreno, pero detenernos solo en ellos nos hace perder de vista una cuestión central: cómo el patriarcado opera de maneras distintas sobre las mujeres y sigue haciéndolo hoy, dos siglos después.

26 de febrero de 2026

POR Marta Cleries Espejo

Querida y gentil lectora; querido y gentil lector;
Mientras esperamos la segunda parte de la cuarta temporada de Los Bridgerton, no puedo dejar de pensar en algo que atraviesa toda la serie desde el primer capítulo: la forma en que la sexualidad de las mujeres es vigilada, jerarquizada y castigada según su clase social. Los hombres —siempre— salen ganando en este terreno, pero detenernos solo en ellos nos hace perder de vista una cuestión central: cómo el patriarcado opera de maneras distintas sobre las mujeres y sigue haciéndolo hoy, dos siglos después.

La serie está contextualizada en la Regencia británica (1813–1820), pero el juicio moral sobre la sexualidad femenina que retrata no pertenece al pasado: sigue vivo, solo ha cambiado de lenguaje, de escenarios y de formatos.
A principios del siglo XX, Sigmund Freud bautizó este mecanismo con el nombre de Madonna–whore complex o complejo virgen–prostituta. Según él, los hombres tienden a dividir a las mujeres en dos categorías rígidas: la “virgen”, idealizada como pura y respetable, y la “prostituta”, reducida a objeto de deseo sexual. Su famosa frase lo resume con brutal claridad: “Donde aman no desean, y donde desean no pueden amar.”

En Los Bridgerton esto se ve sin filtros. Los hombres de la alta sociedad pueden acostarse con mujeres de clase trabajadora, mantener relaciones con prostitutas e incluso desarrollar cierta intimidad con ellas, pero jamás contemplan el matrimonio con esas mujeres. El amor —y la respetabilidad— quedan reservados para la “virgen adecuada”. El deseo, para la mujer socialmente descartable.

Aquí es donde discrepo frontalmente con Freud. Él interpretó este complejo como un problema psicológico individual de algunos hombres. Pero esto no es una patología personal: es una construcción social patriarcal. Nadie nace pensando así; se aprende. Se interioriza. Se normaliza. Es una mirada machista que sanciona a las mujeres y exime a los hombres, que castiga nuestro deseo y naturaliza el suyo.
Además, dentro de esta lógica, ni la “virgen” ni la “prostituta” son libres. Ambas existen para satisfacer expectativas masculinas: una para ser amada sin deseo y la otra para ser deseada sin amor. Pero las mujeres no somos categorías al servicio de la mirada masculina. Somos sujetos con deseo propio, con placer propio y con derecho a decidir sobre nuestros cuerpos.

La serie lo deja claro con personajes como Daphne: su valor social depende de su virginidad, su ignorancia sexual y su obediencia. Su destino está trazado desde el nacimiento: casarse, parir —mejor si es un varón— y sostener el linaje familiar. Tiene privilegios materiales, sí, pero carece de autonomía real sobre su cuerpo, su educación y su futuro. Privilegio sin libertad sigue siendo opresión.

En el otro extremo están las mujeres de clase obrera. Pueden trabajar y ganar dinero, lo que parece “libertad”, pero esa libertad es precaria y peligrosa. No tienen protección social y son mucho más vulnerables a la explotación y al abuso. Su sexualidad no está tan vigilada, pero sí brutalmente castigada: una mujer que vive su deseo es etiquetada como “irrespetable” y, por tanto, desechable.

Y aquí viene la pregunta incómoda que deberíamos hacernos sin romanticismos: ¿de verdad hemos avanzado tanto?
Hoy ya no se exige formalmente la virginidad para casarse, pero TikTok está lleno de hombres simulando podcasts para decirnos cómo ser “mujeres de alto valor” y no “cuatro letras” para merecer respeto y validación masculina. Ya no hay protocolos oficiales de vestimenta, pero cuando una mujer sufre acoso o agresión sexual, su ropa sigue siendo examinada como si fuera prueba en su contra. Basta con revisar sentencias recientes para comprobarlo.
¿Qué es un hombre cuando ha tenido varias parejas o tiene una vida sexual activa en su soltería? ¿Y una mujer? . No necesitamos ni responder estas preguntas porque nuestro propio condicionamiento patriarcal ya lo hace por nosotras/os. Actualmente es más escandaloso que una mujer sea infiel a un hombre en un burdel. Y eso dice absolutamente todo.

El complejo virgen–prostituta que Freud describió hace más de cien años no ha desaparecido: se ha reciclado. Lo vemos en Los Bridgerton, lo vemos en redes sociales, lo vemos en los tribunales, lo vemos en la calle y lo vemos en nuestras propias relaciones. El machismo no se esfuma: se transforma.
Por eso el feminismo no es una moda ni una exageración: es una necesidad política y vital. Necesitamos sororidad, conversación entre mujeres y valentía para hacer público lo que ocurre a puerta cerrada. Porque lo personal fue, es y siempre será político.

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