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La violencia de género no se previene teniendo ind

La violencia de género no se previene teniendo ind

Le decimos a las mujeres que se independicen económicamente para salir de la violencia. Pero la evidencia no se sostiene. Tener dinero propio se asocia con menos violencia. Eso es distinto de poder terminar la relación. Llevamos años tratando esas dos cosas como si fueran la misma.

22 de septiembre de 2026

POR Tania Naanous

Le decimos a las mujeres que se independicen económicamente para salir de la violencia. Pero la evidencia no se sostiene. Tener dinero propio se asocia con menos violencia. Eso es distinto de poder terminar la relación. Llevamos años tratando esas dos cosas como si fueran la misma.

Cada vez veo más y más cursos para independencia femenina vendiendo la prevención de violencia a través de tener tu propio dinero y si bien, tener independencia si tiene ventajas no es la panacea que nos hacen ver. Vamos a empezar por lo que sí está documentado.

Anna Aizer mostró en 2010 que cuando se cierra la brecha salarial entre hombres y mujeres en un mercado laboral, la violencia contra las mujeres disminuye. Un metaanálisis de 2022 que revisó diecinueve ensayos aleatorizados con casi 45,000 participantes encontró que los programas de empoderamiento económico reducen la violencia física, sexual y emocional. Y en México, se menciona que mujeres beneficiarias de Oportunidades tenían 40% menos probabilidad de sufrir violencia física que mujeres en situación comparable.

Vale la pena mirar con calma qué observó cada uno de esos estudios.

Aizer estudió un mercado laboral completo. El metaanálisis revisó programas con capacitación y acompañamiento incluidos. Oportunidades era una política pública con transferencias y condiciones. Ninguno de los tres observó lo que la conversación pública recomienda, que es una mujer consiguiendo su propio ingreso por su cuenta.

Cuando alguien separó esos componentes, el panorama cambió. La revisión sistemática de Seema Vyas y Charlotte Watts encontró que dos cosas se asocian de manera bastante consistente con menos violencia: que el hogar tenga bienes y que la mujer tenga educación superior. Sobre una tercera, que la mujer genere ingresos propios, la evidencia quedó dividida. Cinco estudios encontraron que se asocia con menos violencia y seis encontraron que se asocia con más.

Dicho de otro modo, lo que aparece asociado con menos violencia es salir de la pobreza y estudiar. Lo que aparece con resultados contradictorios es exactamente lo que solemos aconsejar.

Algo parecido se ve en la escala global. La Organización Mundial de la Salud reporta que en los últimos veinte años la violencia de pareja ha disminuido en promedio 0.2% al año, y que la proporción de una de cada tres mujeres se ha mantenido casi sin cambios. Fueron dos décadas de aumento sostenido en escolaridad femenina, en participación laboral y en acceso a crédito.

Ese dato por sí solo no desmiente a Aizer, porque una tendencia mundial tiene demasiadas cosas mezcladas adentro. Lo que sugiere es que llevamos veinte años apostando a un mecanismo que, si funcionara como creemos, ya se notaría.

El problema de fondo está en un salto que damos sin darnos cuenta. Los estudios miden cuánta violencia ocurre. Nosotros concluimos que las mujeres con dinero pueden irse. Eso último nadie lo midió.

Amartya Sen ofreció una distinción útil aquí. Un recurso no es lo mismo que una capacidad. Tener un bien no significa poder convertirlo en algo que efectivamente puedas hacer, porque en medio se interponen tu salud, tu red de apoyo, tus hijos, el vínculo, el miedo acumulado y la existencia real de instituciones que te reciban. Dos mujeres con el mismo salario pueden tener capacidades de salida muy distintas. El dinero es un recurso, irse es una capacidad. Hay al menos dos razones por las que una no se convierte automáticamente en la otra.

La primera tiene que ver con cómo funciona el vínculo. Donald Dutton y Susan Painter (1981) describen el vínculo de relaciones violentas como apego traumático. Cuando el maltrato es intermitente, cuando se alterna con arrepentimiento y con ternura, el lazo tiende a fortalecerse. La violencia constante empuja hacia la salida. La violencia impredecible retiene. Por eso desde afuera parece incoherencia. Una mujer puede querer irse y querer que él se quede al mismo tiempo. Puede tenerle miedo y extrañarlo. Puede reconocer que vive violencia y sostener que su relación no es como las otras.

La segunda razón es que la separación es un momento de riesgo elevado. El estudio multisitio sobre feminicidio íntimo de Jacquelyn Campbell y su equipo, publicado en 2003, identificó la separación reciente como uno de los factores de riesgo más consistentes de que a una mujer la maten. Cuando preguntamos por qué no se fue, estamos asumiendo que irse es el movimiento seguro. Con frecuencia es lo contrario, muchas mujeres que permanecen en la relación están leyendo bien el riesgo que corren. Eso no vuelve deseable quedarse. Significa que salir requiere un plan de seguridad y acompañamiento, no fuerza de voluntad.

La tercera razón tiene que ver con la clase social. Nils Christie escribió en 1986 sobre lo que llamó la víctima ideal. Para que una sociedad reconozca a alguien como víctima legítima, esa persona tiene que ser débil, respetable y enfrentarse a un agresor claramente ajeno. Una mujer con posgrado, con puesto directivo y con casa propia no cumple ese requisito. No lo cumple ante el Ministerio Público, no lo cumple ante sus amigas y muchas veces no lo cumple ante sí misma.

Por todo esto me incomoda el discurso. Decirle a una mujer que se independice económicamente es un buen consejo. Convertirlo en nuestra política de prevención es otra cosa. Le entrega la tarea completa a ella y deja intacta la pregunta que importa, que es por qué quien agrede puede seguir agrediendo sin que nada le pase. Ahorra, emprende, sé libre. Y si sigues ahí, algo hiciste mal.

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