Recientemente, Victoria Ruffo habló en una entrevista sobre Eugenio Derbez y su papel como padre. No se trató de una revelación escandalosa ni de un ajuste de cuentas tardío, sino de la reiteración de una historia conocida: la ausencia de un padre que aparece y desaparece, que no asume plenamente su responsabilidad.
Lo verdaderamente preocupante fue lo que no ocurrió a partir de la entrevista. No hubo un debate profundo sobre la responsabilidad paterna, ni una conversación sostenida sobre las consecuencias del abandono, debido a que ha sido socialmente normalizada, y más, cuando quien abandona es un hombre con poder, fama o capital simbólico.
Este caso es relevante porque exhibe un patrón social ampliamente aceptado. De acuerdo con el INEGI, en México 4.18 millones de hogares viven la ausencia del padre y son sostenidos principalmente por madres trabajadoras, convirtiendo al abandono paterno en una experiencia cotidiana.

La normalización se vuelve más grave cuando hablamos de lo económico. Cerca del 75% de los hijos de padres separados no reciben pensión alimenticia, según el INEGI. La falta de pensión no es un detalle menor, es una forma de violencia económica contra mujeres e infancias, que precariza su calidad de vida, y traslada toda la carga emocional y económica a las madres. Y, aun así, la sociedad tiende a suavizar estas ausencias cuando quien incumple es un hombre.
Esto responde a una idea profundamente arraigada en la sociedad donde la paternidad se entiende como un favor, no como una obligación. Cuando un padre cumple, se le aplaude; cuando aparece de manera esporádica, se le agradece; cuando abandona, se le justifica. Esa lógica convierte la ausencia en algo tolerable.

En el caso de Eugenio Derbez, la fama opera como un blindaje ya que el carisma y el éxito transforma la irresponsabilidad en algo perdonable. Aquí es donde la masculinidad sigue otorgando permisos que a las mujeres no se les conceden: fallar sin ser definidas por ello. El doble estándar es evidente. A las madres se les exige presencia total, sacrificio constante y entrega incondicional. Y si una madre abandona, el juicio es inmediato y severo, se le tacha de irresponsable, egoísta e incapaz de amar.
Pero ejercer la paternidad no debería ser un gesto de buena voluntad ni un acto que se le deba agradecer a un hombre, ni un favor que se le hace a la madre. Es una responsabilidad legal, emocional y ética con los hijos, y cumplir con ella no debería ser excepcional, sino lo mínimo.
El problema no es individual, es cultural. El abandono paterno no solo persiste por quienes lo ejercen, sino por una sociedad que no se indigna lo suficiente. Nombrarlo incomoda porque obliga a empezar a exigir responsabilidades a quienes, por años, han podido irse sin rendir cuentas.
