Hoy escribo algo que nace desde mi propio cansancio. Desde esas autoexigencias que a veces me impiden poner límites y que me llevaron a cargar, todo este año, un agotamiento que ya no quiero normalizar. También nace del deseo de aprender otra forma de vivir, una que me permita llegar al 2026 sin arrastrar esta misma fatiga y con más espacio para mí, para mis relaciones.
¿Qué significa vivir en una sociedad capitalista? ¿Qué implicaciones tiene y qué consecuencias cargamos quienes pertenecemos a este sistema? La pregunta no es menor. En el día a día se filtra en nuestras rutinas, en nuestra manera de relacionarnos con el tiempo y en la forma en que entendemos nuestro propio valor. En algún punto comenzamos a creer que existimos en tanto producimos, que nuestra identidad se sostiene en logros, metas y resultados medibles.
La idea de ser “emprendedores de nuestro propio destino” aparece como un sueño dorado. Una promesa de libertad, autonomía y realización personal. Pero muchas veces es una cárcel cuidadosamente decorada. Producimos porque queremos más: más recursos, más reconocimiento, más seguridad, más posibilidades. Y aunque esto parece razonable, la pregunta se vuelve inevitable: ¿hasta dónde nos llevamos con tal de cumplir metas que muchas veces no nacen de nosotras, sino de exigencias sociales que atraviesan todo?
El capitalismo nos quiere produciendo. Nos convence de que la productividad es destino, obligación y deseo. Queremos producir para tener más, comprar más, ser más. Pero el valor que tenemos como personas no se incrementa cuando producimos ni se reduce cuando paramos. Somos valiosas por existir, por sentir, por relacionarnos, por pensar, por crear mundos posibles. Ninguna productividad determina eso.
Si todo es producir, ¿cuándo vivimos? Necesitamos tiempos de ocio, tiempos de quietud y espacios libres de estímulos que no estén diseñados por un sistema que quiere toda nuestra energía. El ocio no es pérdida de tiempo, es reparación, es espacio mental, es vida. No somos máquinas, aunque a veces actuemos como si lo fuéramos.
Byung-Chul Han lo explica con claridad: nos convertimos en nuestras propias jefas. La exigencia de producir viene de afuera, pero la voz que más pesa es la interna. Esa que repite que siempre se puede hacer más, que no es suficiente, que descansar es irresponsable. Lo que queda es cansancio. Un cansancio que atraviesa todo: el cuerpo, la mente, las relaciones. Cuando el tiempo libre solo sirve para recuperarnos de la jornada, entonces no es tiempo libre: es tiempo de supervivencia.
Y en ese estado, ¿cómo construimos comunidad? ¿Cómo cuidamos vínculos? ¿Cómo sostenemos amistades, parejas o proyectos colectivos si vivimos al límite? La línea de meta siempre se mueve. Para el capitalismo nunca es suficiente, y para nosotras tampoco termina siéndolo.
Pero esta autoexigencia de productividad no se distribuye de forma pareja. Todas las personas enfrentan presiones para rendir, pero las mujeres cargan con un sistema que extiende la productividad hacia todos los rincones de la vida. La sociedad espera que seamos la mejor empleada, la mejor madre, la mejor pareja, la mejor hija. Títulos que se otorgan a partir de cómo cumplimos con los trabajos de cuidado que, hasta hoy, siguen recayendo mayoritariamente en mujeres.
Cuando esa exigencia se internaliza, no hay escapatoria. El capitalismo pide mucho a todas las personas, pero siempre pide el doble a las mujeres. Ser excelentes en el espacio público y resolver el espacio privado sin fallas. Sostener hogares, relaciones, equipos, emociones y cuidados sin detenernos.
Y entonces vuelve la pregunta inicial, pero desde otro lugar: ¿qué significa vivir en esta sociedad? Quizá significa aprender a ver el cansancio como señal, no como fracaso; volver al ocio como derecho; desmontar la idea de que nuestro valor se mide por lo que producimos; y recordar que ninguna meta vale más que nuestra vida, nuestra salud o nuestra capacidad de vincularnos con otras personas.
Porque si vamos a imaginar futuros posibles, necesitamos cuerpos descansados, mentes claras, comunidades vivas. Necesitamos que la productividad deje de ser el centro. Y necesitamos un sistema donde vivir —y no solo producir— sea una posibilidad real para todas, todes y todos.
