El papel de las lesbianas durante la crisis del VIH es una de las historias más invisibilizadas y, sin embargo, una de las más reveladoras cuando hablamos de abandono estructural y desigualdad. Mientras el Estado, los sistemas de salud y gran parte de la sociedad cerraban los ojos ante el sufrimiento de personas trans y homosexuales, las personas sáficas ocuparon un lugar central en una respuesta comunitaria que surgió, prácticamente, desde el rechazo y el vacío institucional.
En un contexto marcado por el miedo, el estigma y la moralización del VIH, las lesbianas entendieron que la epidemia no era sólo un problema sanitario, sino una forma extrema de demostrar qué cuerpos se consideraban valiosos y cuáles eran vistos como descartables. Los análisis de Cindy Patton y Paula Treichler ante esta crisis señalan que el VIH funcionó como un mecanismo social y político que reforzó prejuicios existentes, especialmente hacia las personas trans, los hombres gays y otras disidencias sexuales. Frente a este escenario, la respuesta de la población lésbica fue una manera de confrontar directamente esa injusticia.
Durante la crisis del sida, muchas lesbianas se hicieron cargo de tareas que nadie más quería asumir: cuidar a personas enfermas en sus casas, acompañarles en procesos médicos, gestionar redes de apoyo y sostener emocionalmente a comunidades que estaban siendo abandonadas incluso por sus propias familias. Estos cuidados no fueron sólo actos de compasión; fueron gestos políticos que evidenciaron la incapacidad e indiferencia del Estado.

Al mismo tiempo, las lesbianas fueron parte clave de la organización política que surgió para exigir derechos, acceso a medicamentos y un trato digno, especialmente en colectivos como ACT UP. Su participación ayudó a desarticular discursos oficiales que culpaban a las poblaciones LGBTQIA+ de la epidemia y revelaron que la raíz del problema estaba en la falta de políticas públicas, la discriminación y la negligencia institucional.
Sin embargo, es importante señalar que, aún dentro del propio movimiento, su trabajo fue frecuentemente minimizado o pasado por alto. Esto muestra cómo la crisis del VIH también reflejó desigualdades internas: el liderazgo y el cuidado de las lesbianas, pese a ser fundamentales, quedaron muchas veces en segundo plano frente a narrativas centradas exclusivamente en hombres gays cis.
Reconocer hoy este rol no es solo una cuestión de memoria histórica; es una forma de entender cómo la solidaridad, el cuidado y la acción política pueden surgir en los márgenes, especialmente cuando las instituciones fallan. La respuesta de las lesbianas ante la crisis del VIH nos recuerda que los movimientos sociales se sostienen, muchas veces, gracias a quienes no reciben reconocimiento, pero que transforman la realidad desde la práctica cotidiana y la resistencia colectiva.
