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El activismo me atravesó

El activismo me atravesó

Hace unos años comencé a llamarme acompañante y, hace poco, terapeuta feminista. Era una forma de nombrar el trabajo que hacía en la calle, en refugios, en llamadas, con mujeres que sobrevivían a la violencia.

19 de noviembre de 2025

POR Jessica Casas

Hace un mes, una amiga me dijo algo que me atravesó: “Jess, ser psicóloga es tu profesión, no
tu personalidad”. Lo sentí como un golpe suave. Me di cuenta de cuánto había dejado de lado
mi juego, mi humor, mi placer, por sostener una imagen de “mujer fuerte y consciente”. El
activismo se había vuelto una extensión de esa exigencia: una lucha que me pedía ser
ejemplar, lúcida, contenida. Pero ¿dónde quedaba mi risa?, ¿mi cuerpo?, ¿mi erotismo?
Hace unos años comencé a llamarme acompañante y, hace poco, terapeuta feminista. Era una
forma de nombrar el trabajo que hacía en la calle, en refugios, en llamadas, con mujeres que
sobrevivían a la violencia. Pero también era una necesidad de validación: una etiqueta que
garantizara que mi trabajo fuera visto como legítimo dentro del activismo y la defensa.
Con el tiempo, sin darme cuenta, esa etiqueta se volvió una armadura. Era “la psicóloga”, “la
que sostiene”, “la que sabe”. Mi ser se fue diluyendo entre protocolos, reuniones y discursos
sobre el cuidado, mientras yo me olvidaba de cuidar la raíz de donde nació todo: mi propio
cuerpo y mi deseo.


Judith Butler escribió que el género, y por extensión nuestras identidades políticas, son
performances repetidos: actos que se sostienen en el tiempo hasta parecer naturales. He
pensado que el activismo también tiene su propio performance. Esa puesta en escena del
“deber ser feminista”: la coherente, la fuerte, la que nunca duda, la que contiene a todas.
Cuando ya no se actúa con el cuerpo, sino para un público, la organización, las redes, el círculo
feminista, la institución, la acción deja de ser encarnada y se convierte en una coreografía
política: repetir consignas, cuidar cómo te ves, qué dices, qué tan coherente pareces, qué tanto
encajas en “lo correcto”.


 

Ese performance puede ser útil; ayuda a comunicar, a visibilizar, incluso a protegernos. Pero si
no se revisa, termina colonizando el cuerpo. Nos desconecta del placer, del cansancio, del
error, de la ternura. Y entonces el activismo deja de ser un espacio de libertad para volverse
una estructura que regula quién puede gozar, llorar o fallar.


A veces siento mi cuerpo como un hilo tenso. Y pienso que el tejido colectivo también está así:
al borde de romperse. Las adversidades no dejan de llegar, pero seguimos aquí, sosteniendo,
resistiendo. Y me pregunto si en ese sostener también nos estamos exigiendo demasiado, si
entre tanto esfuerzo por no soltar, olvidamos escucharnos.


¿Cómo honrarnos por toda la resistencia que ya hemos hecho, esa que a veces parece
pequeña?
¿Cómo reparar sin excluir al cuerpo?
¿Cómo volver a encontrarnos en medio de tanto desencuentro, de tanta polarización, de tanto
cansancio?

Transformar la realidad implica transformarnos, y eso también duele. Porque la agencia no está
solo en denunciar, sino en elegir: dónde ponemos la energía, la palabra, el cuerpo.
No soy activista ni psicóloga: soy humana.
Soy lo que decido ser cada día.
Y en esa humanidad imperfecta me reconozco: aprendiendo, cuidando mejor, reflexionando
sobre cómo nos relacionamos.


Quizás el camino del activismo no está en la consigna sino en la conversación. En atrevernos a
hablar del cansancio, de los límites, de las heridas que todavía supuran. Que no hay ternura sin
tiempo, ni cuidado sin pausa.


Intentemos entonces que el activismo no sea solo denuncia, sino práctica cotidiana de
reparación, de imaginación política, de cuidado. Porque solo el tejido honesto, encarnado y vivo
puede sostenernos ante el horror.

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