La muerte ha ocupado un lugar central en la construcción de la identidad queer, no sólo como destino impuesto por sistemas de violencia, sino como elemento resignificado desde la resistencia, la estética y la comunidad. Históricamente, las disidencias sexogenéricas han vivido bajo la amenaza constante de muerte física y simbólica: exclusión, patologización, crímenes de odio, y abandono institucional. De acuerdo a Foucault, esta amenaza no es un fenómeno individual ni aislado, sino el resultado de una biopolítica, la cual regula qué cuerpos merecen ser protegidos y cuáles son desechables.
La respuesta de la población LGBTQIA+ ante esta persecución no ha sido únicamente desde el duelo, sino una compleja reapropiación cultural de la muerte como forma de vida desde la abyección. Julia Kristeva define lo abyecto como aquello que la sociedad expulsa para afirmar su pureza. En este sentido, los cuerpos queer se constituyen como sujetos abyectos que, al asumir su posición fuera de la norma, desafían las fronteras de lo humano y lo normativo.
Judith Butler complementa esta noción al señalar que el género es un performance reiterativo impuesto por la heteronorma. Asimismo, plantea que las vidas precarias, aquellas cuya pérdida no es considerada socialmente significativa, generan marcos de duelo diferenciales. Siguiendo esta idea, la comunidad LGBTQIA+ ha resignificado el duelo desde artefactos que desestabilizan la normatividad del luto y de la muerte. La teatralidad, el exceso y la performatividad transforman la muerte en un acto político y estético al convertir la vulnerabilidad en un espectáculo que reclama la existencia. En el drag y lo camp se puede apreciar la reapropiación de lo abyecto, lo excluido y lo temido en expresiones de libertad y deseo queer, al mismo tiempo que subvierte las categorías binarias del género al hacer visible su artificio.
En este sentido, Halloween y otras celebraciones vinculadas a la muerte han sido absorbidas y transformadas por las disidencias en espacios de afirmación identitaria. Estas festividades ofrecen un terreno fértil para la expresión queer, al ser un momento de ruptura temporal del orden y de las jerarquías sociales. El disfraz, la máscara y el performance abren la posibilidad de explorar identidades múltiples, fluidas o reprimidas. José Esteban Muñoz describe este fenómeno como desidentificación, entendiéndolo como la resignificación de símbolos culturales hegemónicos desde la transgresión. Así, las personas LGBTQIA+ no sólo participan en las festividades en torno a la muerte, sino que las reescriben al convertir el miedo en poder, la tragedia en celebración y la pérdida en memoria colectiva.
La iconografía queer en torno a la muerte también actúa como una pedagogía del duelo. Los altares, bailes y desfiles se vuelven ejercicios de memoria viva, recordatorios de que la supervivencia en sí es un acto político. Frente al borrado histórico, los cuerpos disidentes transforman la muerte en un lenguaje de resistencia, una celebración a la vida desde el reconocimiento de su fragilidad. La muerte, lejos de representar el fin, se convierte en un espacio de articulación identitaria, un recordatorio de que vivir y celebrar nuestra disidencia siempre ha sido un acto de resistencia ante la amenaza de muerte impuesta por el orden heteronormativo.
