Artículos
Cicatrices compartidas de la violencia

Cicatrices compartidas de la violencia

Acompañar a una mujer que ha sobrevivido a la violencia no es un acto neutro: es caminar junto a ella en el proceso de reconstruirse, sosteniendo el dolor, la esperanza y la resistencia. La violencia deja cicatrices invisibles en el cuerpo y la mente, pero también en quienes acompañan desde la empatía y el compromiso. Reconocer el trauma, la fatiga por compasión y la necesidad de cuidar(se) es fundamental para sanar en colectivo. Sanar no es un camino solitario: es un acto de amor, sororidad y resistencia compartida.

23 de octubre de 2025

POR Psic. Vanessa Soria Guadarrama

¿Alguna vez te has preguntado qué pasa en la mente y el cuerpo de una mujer que sobrevive a la violencia… o de aquella que la acompaña y sostiene mientras intenta reconstruirse? Aunque recorren ese camino de la mano, que lo hace menos pesado, ambas cargan cicatrices invisibles, emociones que duelen en silencio y un cansancio que va más allá del cuerpo. La violencia es como una tormenta que arrasa, pero también deja la tierra lista para volver a sembrar, aquella tierra que después de un tiempo de cuidado, está lista para cosechar. 

En mi experiencia como psicóloga, feminista y psicoterapeuta, he aprendido que detrás de cada mujer que sobrevive a la violencia hay una historia marcada por la resistencia y resilencia… pero también por heridas profundas que muchas veces a simple vista no se miran pero que ahí están. La violencia no solo deja moretones: deja ansiedad, insomnio, ataques de pánico, depresión, pérdida de apetito o de sueño, heridas en la relación con nuestros cuerpos, desconfianza. Deja una sensación constante de peligro, incluso cuando ya no hay nadie amenazando. A veces, el cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar: el corazón acelera, el cuerpo tiembla, las náuseas al recordar o simplemente al mínimo roce de la piel con otra, el miedo y la ira se instalan como un huésped que no se quiere ir. 

Las mujeres comienzan a dudar de sí mismas, sienten culpa por haber sobrevivido o por no haberse defendido, se preguntan si “de verdad fue tan grave”, si son ellas las “locas”, “las exageradas” y se ahogan en el mar de las dudas, de las lágrimas, de la incertidumbre. La violencia altera la forma en que una mujer se percibe y se relaciona con el mundo. Las consecuencias de la violencia van más allá de su cuerpo,repercuten en la mente, en las emociones, en las relaciones. La violencia fragmenta la identidad, borra los límites del cuerpo, deja una herida en la autoestima, en el autoconcepto, y en la forma de estar consigo misma. La violencia no se vive sólo en el momento en el que se ejerce, se vive en las secuelas que deja en nuestra salud mental y bienestar; es una invasión que no se acaba con el agresor, sino que deja cicatrices que necesitan su tiempo para sanar. 

Y junto a ellas, en esas cicatrices, estamos nosotras: las que acompañamos, escuchamos, contenemos, y tratamos de sostener sin quebrarnos nosotras mismas. Y es que la violencia no solo impacta a quien la vive directamente, sino que también alcanza a quienes la escuchan, la nombran y a quienes intentamos reconstruir lo que nosotras no destruimos. 

Psicólogas, trabajadoras sociales, abogadas, activistas, amigas o familiares: somos quienes sostenemos los relatos, las emociones y los cuerpos de quienes han vivido violencia. Escuchar una y otra vez el dolor de otras mujeres, contener su llanto, presenciar injusticias que se repiten… también tiene un costo emocional. Porque acompañar no deja indemne a nadie, ni a quien la vive ni a quien acompaña. 

La fatiga por compasión y el trauma vicario son realidades silenciosas, pero profundas. Cuando el dolor ajeno se filtra en el propio cuerpo, comienzan a aparecer señales que a veces son consecuencias que retumban en nuestro acompañar y estar, es ese momento en el que nos invade el estrés, la autoexigencia, el insomnio, las migrañas, el dolor en el cuerpo, irritabilidad, tristeza, dificultad para concentrarse, la apatía e inclusive a veces esa sensación de vacío que llega sin aviso. Es el cuerpo manifestando el cansancio de sostener y sostenernos. 

Y es que, ¿cuántas veces nos hemos sentido insuficientes, impotentes, enojadas, frustradas o tristes ante las lágrimas y palabras de quienes acompañamos? Estar con una otra también deja marcas en nosotras: en nuestro autoconcepto, en la autoestima, en nuestras emociones. Queremos ser y dar más, intentar curar lo que no herimos, y que aún así estamos dispuestas a reconstruir de la mano con las sobrevivientes. Judith Herman, pionera en el estudio del trauma, escribió: 

“La recuperación sólo puede ocurrir dentro de una relación de empoderamiento; el trauma destruye el poder de elección, la recuperación lo restituye.” 

Acompañar, desde ahí, me da esperanza. Me recuerda que no se trata de salvar, sino de caminar lado a lado desde la empatía, la confianza y el respeto, apoyar y escuchar mientras se reconstruye la autonomía, la identidad y la seguridad; es confiar en el poder y el potencial de cada mujer sobreviviente. 

La violencia deja marcas que no se borran fácilmente: se alojan en la mente, en el cuerpo y en las emociones de quienes la viven, y también en quienes las acompañamos. Son recordatorios de que la salud mental es frágil y resiliente a la vez; que el acompañamiento no es un acto neutro, sino un intercambio profundo de dolor, comprensión y fuerza. Caminar junto a otra que se reconstruye es un acto de amor, de sororidad y de resistencia. Sanar no es un camino solitario: es tejido de apoyo, palabras compartidas, miradas que sostienen. Cuidar, sostener y acompañar duele, sí, pero también nos enseña a reconocer nuestra humanidad, nuestras emociones y nuestra capacidad de crecer, sanar y florecer en colectivo.

Spotify
Spotify