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Ecos de la Fiscalía

Ecos de la Fiscalía

¿Cómo es posible que, teniendo a la primera presidenta mujer en el país, persista una política de impunidad y revictimización tan arraigada en nuestras sociedades?

25 de agosto de 2025

POR Ana Figueroa Gónzales

Siete de agosto, Ciudad de México. Volvimos a ser el escenario de una confrontación. Para mí, no fue historia de un solo día, asoma la cruda realidad que viven las víctimas de violencia. Donde el sistema no sÓlo falla en protegerlas, también en proponer soluciones reales al dolor de las personas.

Aquella mañana, Janet mi amiga de la facultad escribió pidiéndome apoyo para una de sus audiencias. Salí temprano hacia la Fiscalía General de Justicia de la CDMX, ubicada entre Digna Ochoa y Plácido. Como si la escena ya formara parte de un guión que conozco a la perfección, saludé a su mamá, su abuelo, su hermano y su pareja. Con un abrazo cálido me agradecieron una vez más, a pesar del cansancio que se notaba en sus rostros por vernos siempre aquí. Casi como un acto de costumbre me pasaron el megáfono, una gorra verde y nos comenzamos a mover al lugar donde las pisadas de su familia debían estar ya marcadas.

La primera vez que acuerpe a Janet fue hace un año, cuando apenas iniciaba su proceso. No comprendía del todo la magnitud de lo que enfrentaría los meses siguientes. Ni el dolor profundo que todo este proceso conlleva. Nos ubicamos del lado izquierdo de la Fiscalía, un lugar estratégico donde Janet podría escuchar nuestros gritos y sentirse acompañada. Del otro lado de la calle, se agrupaba el colectivo No más presos inocentes. Según medios tradicionales como Excélsior o Milenio, este colectivo, dirigido públicamente por Karina Escandón Camargo, se presenta como defensor de personas injustamente encarceladas, manteniendo una visible presencia en audiencias y movilizaciones desde al menos 2023.

Figueroa, A. (2025, 7 de agosto). Fotografía tomada afuera de la Fiscalía General de Justicia de la CDMX durante la audiencia de Janet. Archivo personal de la autora.

Sin embargo, diversas mujeres de colectivos feministas y sobrevivientes han denunciado en portales como Volcánicas y La Izquierda Diario que algunos integrantes del colectivo cometen hostigamiento y revictimizan a quienes denuncian violencia. Por ejemplo, la Colectiva Tonatzin reportó un ataque físico el 2 de junio de 2025 frente a los Tribunales del Reclusorio Oriente. Además, Fabiola Pozadas, sobreviviente de tentativa de feminicidio, denunció agresiones digitales y físicas por parte del colectivo. Según un reporte de IMER Noticias (19 de junio de 2025), la Secretaría de las Mujeres de la Ciudad de México informó que buscará reunirse con autoridades capitalinas y de justicia para solicitar una investigación formal.

El contraste evidente entre la información marca el profundo contraste entre la narrativa pública del colectivo y el impacto dañino de sus acciones en las víctimas, lo que ha puesto el tema en la agenda oficial de seguimiento a víctimas.

Así, la lidia comenzó de nuevo: ellos de un lado, nosotros del otro. Contrapeso marcado por colores en nuestros pañuelos verdes: en la cabeza y el cuello. Azules en las suyas. Una lucha no de golpes, de gritos en resonancia para que la persona que queríamos apoyar lograra escucharnos a través de muros de cemento.

A pesar de todo, mi corazón latía con fuerza. Mi cuerpo se encontraba en tensión, terror, mientras escuchaba sus palabras bramar: “mujer, tú mientes, no te creo”, “se va a caer, se va a caer el feminismo se va a caer”. Entonces, mi alma se encendió. Cuando de sus bocas salió, “no te tocó, ni te violó”, mi sangre ardió con una furia incontrolable. Me pregunté: ¿cómo es posible que, teniendo a la primera presidenta mujer en el país, persista una política de impunidad y revictimización tan arraigada en nuestras sociedades? Éramos un claro ejemplo de la polarización que se manifestaba en una sola calle, un fenómeno complejo que performábamos.

Aun así, la pregunta persistía: ¿cómo llegamos a esto? ¿Para quién está realmente hecho el derecho? El juicio de Janet lleva ya un año, y su agresor, a pesar de las pruebas en su contra, ha logrado interponer seis amparos para cambiar los resultados. Una mujer se ve forzada a revivir un evento de dolor una y otra vez, sumado al proceso de revictimización que vive fuera del tribunal.

Es evidente que algo está fallando en los sistemas punitivos. Se busca la cárcel, ¿y después qué? ¿Por qué las prisiones siguen llenas si supuestamente funcionan? Nos importa más el castigo que la prevención de estos delitos, y cuando se busca justicia, simplemente no llega. La situación política actual, con su profunda polarización, se presta a desacreditar la lucha feminista, despojando las narrativas que nos ayudaban a desafiar la hegemonía.

Este sistema no busca justicia y mucho menos un cambio real en las comunidades. Por eso, el abrazo colectivo que hemos dado y seguimos dando, el trabajo incansable en las calles, los gritos que se vuelven llanto, las voces que alzan para hablar de lo que ocurre y lo que se silencia, son un grito colectivo de justicia. Es un trabajo de amor de las que se atreven a denunciar y aquellos que las acompañan. Porque no sólo pensamos en el castigo sino también en las soluciones, aportando al cambio, desafiando el sistema que nos enseña a oprimir desde la rabia, el amor y la rebeldía. Donde con cánticos nos abrazamos en colectividad, en la incesante búsqueda de un mañana donde la justicia sea una realidad palpable para todas.

 

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