En el ecosistema mediático-digital actual se advierte la consolidación de una estética conservadora que, mediante dispositivos discursivos y visuales de alta circulación, refuerza la división sexual del trabajo y reproduce jerarquías de género. Plataformas como TikTok o Instagram operan como escenarios de reproducción simbólica donde, bajo narrativas aspiracionales y retóricas de “energía femenina/masculina” o “retorno a lo natural”, se reinstalan esencialismos de género. Este proceso desplaza el análisis de las desigualdades estructurales hacia una lógica de responsabilización individual, enmascarando la subordinación como elección autónoma.
El denominado tradwife revival constituye un caso paradigmático: a través de una curaduría estética, ambientaciones vintage, maternidad idealizada, domesticidad romantizada, se legitima una economía afectiva que invisibiliza la dependencia económica y la exclusión de las mujeres del espacio público. De forma paralela, la machósfera, el ecosistema de creadores que promueven masculinidades hegemónicas, articula discursos anti-feministas y anti-derechos, asociando la identidad masculina a la autoridad, la dureza y la resistencia a las políticas de igualdad.
Estos imaginarios se ven potenciados por arquitecturas algorítmicas predispuestas a privilegiar contenidos polarizantes y cargados emocionalmente, generando una sobrerrepresentación de marcos conservadores en la esfera pública digital. Tales narrativas convergen con campañas contra la denominada “ideología de género”, que bajo eufemismos como “protección de la familia” y “defensa de la niñez” desplazan políticas inclusivas y erosionan el avance en torno a la equidad de género. En conjunto, la articulación entre estética, discurso y estructura tecnológica configura un dispositivo cultural transnacional que normaliza la desigualdad y reafirma modelos de género jerárquicos bajo estructuras aparentemente inofensivas.
